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La Banda del Mariscal

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La Banda del Mariscal narra un episodio ambientado en la Guerra de la Independencia Española. Ante la invasión napoleónica, el pueblo español se une para defender la patria y la fe católica. En una ciudad ocupada, las autoridades y los vecinos acuden en procesión al santuario del Cristo de la Columna para pedir protección divina. Según la tradición, la imagen del Cristo derrama lágrimas, interpretadas como una señal milagrosa. Poco después, el mariscal francés Soult sufre una aparatosa caída de su caballo al acercarse al santuario, hecho que los habitantes consideran un castigo divino. El relato exalta el patriotismo, la unidad nacional y la religiosidad popular frente al invasor francés.

Azarosos fueron aquellos días en que la Madre Patria se vio atacada en las más grandes y nobles de sus libertades, la santa independencia. La intranquilidad de los hogares españoles se reflejaba en los corazones y en el semblante de todos; cada noticia del avance arbitrario de los invasores napoleónicos producía una consternación general y una pena difíciles de describir.

El dinero, aunque no mucho, porque no lo había, se ponía todo a disposición de la santa causa. Los héroes legendarios se multiplicaban como si fueran cosecha propia del país, confirmándose el testimonio universal de que esta bendita tierra era la madre de ellos. Los jóvenes hispanos criados entre los arrullos y caricias de la piadosa mujer española eran brindados para el solemne holocausto de la patria, evocándose el sublime y conmovedor pasaje del sacrificio de Isaac.

El ejemplo inmortal de Numancia y de Sagunto se repitió en todos los pueblos españoles, desde las faldas meridionales de los nevados Pirineos hasta el agitado estrecho de Gibraltar y desde las revueltas playas del Cantábrico hasta las orillas del Mediterráneo y del Océano Atlántico. El fuerte y denodado catalán, el valiente aragonés, el humilde y religioso navarro, el fuerte leonés, el alegre andaluz, el laborioso asturiano, el paciente gallego, el noble castellano, el rico extremeño y el traficante valenciano hicieron de sus pechos acerados escudos para la defensa del suelo patrio. Y así como el fuego se compenetra con el candente hierro de manera que no se puede distinguir cuál era el hierro y cuál sea el fuego; del mismo modo el amor a España enardeció los corazones todos de la antigua Iberia.

Sin que se pueda apreciar ahora si fue mayor la gloria que cupo a la Epopeya de la Reconquista que duró varios siglos o los laureles alcanzados en la guerra de la Independencia, que se puede reducir a un escaso número de meses.

Matanzas inauditas, templos saqueados y santos hogares allanados; innumerables objetos de exquisito arte perdidos; y sobre todo ello el casto amor de la Patria mancillado por sicarios del egoísmo galo, como siempre digno de maldición ante el severo y nunca sobornado tribunal de la vera historia.

Pero al fin se dio el caso providencial en los anales humanos de que el soberbio sol de Napoleón se eclipsara en Europa por la interposición de la luna de la bandera Española.

El día se mostraba desapacible, nuboso y triste, como queriendo compartir las desventuras de la Patria. La aurora, al parecer, no había mostrado sus esplendores de siempre, ni las estrellas de la mañana le había precedido, permaneciendo oculta a través de los celajes. Las aves se ocultaban silenciosas en sus estrechas moradas, y los árboles desprovistos de su verde follaje temblaban extrañamente al empuje del soberbio huracán. Las campanas de la vieja iglesia de Santa María se dejaban oír clamorosamente.

El alcalde y el párroco de la ciudad, seguidos del pueblo, en procesión de penitencia y rogativas llevando al frente las banderas históricas de Alfonso el Sabio y de las milicias elepenses, se dirigieron acompasadamente a la capilla del Santo Cristo de la Columna, que desde los siglos mudéjares recibía los homenajes de los fieles.

Una vez en el Santuario el Regidor y el Párroco se adelantaron y postrándose de rodillas ante la veneranda efigie, depuestas las banderas, le hicieron la siguiente súplica:

«¡Señor, Dios de los Ejércitos, Rey de reyes y Señor de los que dominan. Depositamos ante Vos estas sagradas enseñas de nuestros más gloriosos e inmortales de España durante la Reconquista. Vos que entonces levantasteis héroes como Pelayo, Alfonso el Batallador, Ramiro I, Fernán González, Jaime el Conquistador, el Cid, San Fernando y los Reyes Católicos; que en Covadonga, Abelda Górmaz, Calatañazor, Simancas, las Navas y Granada llevaron la Cruz victoriosa sobre nuestro suelo, suscitad ahora nuevos y gloriosos varones, que nunca faltaron en la tierra de ellos, para que preserven y colmen nuestra santa fe católica y libren a nuestra Patria y a esta nuestra querida Ciudad del yugo extranjero.»

Un silencio profundo siguió a esta súplica de amparo y protección, sólo interrumpido por algunos sollozos y suspiros de los fieles.

Muchos creyeron ver que la imagen de Cristo movió los ojos, dejando caer dos gruesas lágrimas, que resbalaron sobre su faz adorable, cual signos de sufrimiento y dolor y como si fuese una señal de aceptación de aquellos homenajes sencillos.

Cerróse el día y apareció la noche con su imponente cortejo de majestad; el agua comenzó a caer a torrentes y el rayo hizo ver sus terribles relámpagos y la tormenta se hizo sentir con tremendo trueno. El pueblo conmovido, triste y pensativo se recluyó presuroso en sus hogares. Y el sonido acompasado de la Campana de Queda en la torre del Homenaje aumentó el terror de aquella noche trágica.

El sol seguía su marcha triunfal entre los colosos del firmamento, dirigiéndose con sus vestidos de púrpura y oro hacia los palacios de Occidente. Ante la señal de alarma el pueblo huía presuroso a los campos y acudía a las murallas y a las torres que ceñían a la vieja ciudad. En lontananza por el camino de Hispalis una larga faja de nubes de polvo, que dejaban ver puntos luminosos del brillo de las armaduras, acusaba la llegada del ejército francés a las órdenes del Mariscal Soult.

Las calles desiertas de la Ciudad dejaron paso franco al invasor, oyéndose el toque de las cornetas, los relinchos de los caballos, con el ruido de sus cascos, el galopar sobre el suelo empedrado y el crujir de los carros de guerra con la pesada artillería.

El Mariscal Soult al frente de su brillante escolta se dirigió a la Iglesia de San Martín para posesionarse de ella, y acostum­brado a saquear los templos del Señor y abusando de su poderío, cual otro Saulo perseguidor, quiso entrar montado en su soberbio caballo blanco, para alojarse en la Capilla del Cristo de la Columna y hacer mofa del poder de Dios. Mas al presentarse ante la veneranda imagen le detiene un poder misterioso y sobrenatural, según la tradición popular; el caballo, al resbalar sobre el pavimento, espantado, se destroza en el suelo del santuario, arrojando sobre el altar al general, que pierde el conocimiento por breves instantes quedando su rostro lívido y sudoroso.

Se suceden momentos de estupor. Los soldados de la escolta acuden presurosos a socorrer al Mariscal Soult y a costa de reactivos le hacen volver en sí.

Repuesto el general francés del terrible accidente, temeroso y convulso, se postró ante el altar del Cristo con suma devoción ofreciendo a la imagen de Jesús la banda o fajín de Mariscal que él ciñó al cuerpo de Cristo con sus propias manos, por haberle salvado la vida puesta en peligro.

Las tropas desalojaron a poco el templo de San Martín, trasladándose a los corredores del Alcázar.

Y el Santísimo, delante de la Columna ostenta, todavía en señal de triunfo, la faja del general de Napoleón de seda grana, con franjas y ribetes de color de plata.

Cristóbal Jurado Carrillo